A pesar de que muchos lo tomen como algo insignificante, pasajero y poco arriesgado, el miedo es algo que entra para casi nunca salir.
Cuando hablamos de miedo, tendríamos que especificar rápidamente a qué. Cuando les pregunto a mis amigos a qué tienen miedo, éstos me responden: a nada. ¿Se puede no tenerle miedo a nada?, creo que no.
Acepto que le tengo miedo a algunas cosas: cumplir una cantidad considerable de años y no estar bien económicamente. Sé que no es algo indispensable, pero para mi sí. Poder adquirir muchas cosas por mi propia cuenta. La satisfacción de retribuirle a mis padres todo lo que hacen por mi; también le tengo miedo a la ausencia de mis seres más queridos, me aterra el simple hecho de no tenerlos más a mi lado; y por último – siendo tal vez el más extraño – el hecho de volverme cada vez más frío a consecuencia de los años.
Sí, no quiero llegar a los treinta o cuarenta y ser más frío que una roca. Haciendo un pequeño recuento de años, específicamente hace unos diez, se me podía considerar un niño sensible, emotivo y pasional. Ahora no. Cosas completamente iguales no me mueven un pelo. Me pregunto, ¿será parte de la madurez?, creo que sí y no. Por un lado pienso que la sensibilidad no tiene nada que ver con la madurez, si ésta última la vemos como la capacidad de saber sobrellevar mejor los conflictos mentales. Pero por el otro lado, dicha madurez adquirida, me ha hecho ver las cosas de forma heterogénea en comparación con antes.
Qué conflicto, no lo sé. Lo único que quiero es no perder esa sensibilidad que hasta ahora me queda, aunque sólo queden retazos.
No quiero perder la esencia que me caracteriza y dejar de ser yo, todo al mismo tiempo. Por el momento hay más de ese niño dentro mío que el lado frío que se asoma. Quiero espantarlo y que no vuelva nunca más.
sábado, 16 de enero de 2010
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