Esta historia que ahora empiezo, no la puedo resumir en estas palabras. Es más, ni haré el intento. Simplemente resumiré de manera sentimental, todos los momentos increíbles que pasé, paso y pasaré a lo largo de mi vida.
Siendo exactamente las dos y diez de la mañana, me encuentro postrado en mi cama, con unas ganas infinitas de decirles qué pasa por aquí, mi mente. Me animaría a decir que estas líneas sí ameritan el famoso… y había una vez, les aseguro que sí. Esto no es un cuento, es más que eso. Es mi corazón agarrando la lanza de la afectividad. Es el hecho de pararme y decir: Ahora. Ahora es el momento para hacerlo. Estas palabras son 6 años de una duradera y fiel conjunción.
Comienza así. Yo apenas cumplía los catorce años de edad, cuando María (mi madre), me avisó – con síntomas claros de una orden – que me cambiaba de colegio. Pensé que se me caía el mundo. ¿Yo un alumno nuevo?, ¡no jodas! , no hay forma. Para esto, yo había estudiado desde el primer grado de primaria en un colegio que está ubicado muy cerca de mi casa (a veces paso por ahí y recuerdo inmediatamente todo lo que pasé). Tenía amigos, una chica que me gustaba desde muy niño, etc. El colegio era de mi agrado y confianza. Cómo no, si prácticamente ahí crecí.
¡Lástima!, la decisión ya estaba tomada y yo con mis catorce recién cumplidos no podía hacer mucho. En realidad nada. Apenas podía con los estudios de ése colegio, y a mis padres se les ocurre cambiarme a uno “más difícil” (permítanme sonreír sarcásticamente). Definitivamente no sé que voy a hacer – dije en mi mente - , sólo me queda resignarme. No entendía que era por mi bien. No comprendía que si me quedaba ahí, tal vez hoy no estaría haciendo esto.
Suena mi despertador y lo veo de reojo. Un cuarto para las ocho. ¡Carajo, otra vez tarde!, ésta vez no me la perdonan. De hecho que el profesor me va a cerrar la puerta y la cago de nuevo. Mañana se lo dirán a mis padres y ellos me castigarán – en esos años los castigos no duraban más de un fin de semana. Ahora, ¿qué es un castigo? - , todo esto me pasa por tardón. .. un momento, fue es el momento en el que abrí mi otro ojo (el derecho para ser más preciso), y reaccioné. ¡Hoy es el último día. Mi último día! (inmediatamente reposé con violencia mi rostro sobre a almohada). Obviamente llegué tarde, pero sin el interés de un post castigo. Qué importa, total, me voy de aquí – les juro que la pena me carcomía –
Ese día hice lo que quise. En todo caso, lo que la edad me permitía - nuevamente brota mi sonrisa, ésta vez pícara – rayé los baños, destruí mis cuadernos y esas cosas típicas que un alumno de segundo año hace. ¡Qué maldad la mía! Por último, la despedida. Todos se despiden, pero saben que regresarán. Yo no, yo me quedaba afuera de ese grupo. Me iba para no volver más. Claro, se lo comenté a mis amigos más cercanos (felizmente hasta ahora los veo).
Me imagino que aquella premisa apenó a mis compañeros, si no, ¡qué hijos de puta! Yo sé que sí. No hay problemas.
Finalmente llegaron las vacaciones de verano. No los vi mucho. Prácticamente yo acostumbraba a jugar fútbol todo el verano, pero con otros amigos. Los amigos del barrio. Distintos a los del cole. De esa manera, llegó febrero y con él, mi – hasta ese entonces – maldita matrícula para el otro colegio. ¡Qué fastidio!, encima tengo que ir con Andrés (mi papá) a llenar unos tontos papeles. Bah, de nada sirven. De nada sirven ahora. Sólo quiero saber si el próximo año me irá tan bien como en años pasados.
Claro, hablaba amicalmente. Las matemáticas me odian tanto como yo a ellas. Por eso escribo. Mi eterno pretexto de por qué estudio periodismo. Bueno, sigamos. Pasaron los días finales de las largas vacaciones – para qué ah, las sentí así – y el vergonzoso primer día.
Nuevamente suena mi despertador. Ésta vez muy, que digo muy, extremadamente temprano. El desayuno ya estaba listo y mi mamá alistaba el dinero de mis pasajes… ¿Pasajes?, ¿para ir al colegio?, (qué miedo carajo) ya que yo siempre estudié a la espalda de mi casa. Llegaba en cinco minutos y el portero era mi amigo, así que pasaba nomás. En realidad lo único que siempre me vaciló de ese nuevo colegio fue que no había uniforme, Aj, odiaba el uniforme de mi anterior colegio tanto como el parte estúpido ante tanta falta de conducta.
Salgo de mi casa y me voy en taxi. Era el primer día, no podía arriesgar. Llegué demasiado rápido, justo ese día no había tráfico, aparte que el taxi va mucho más rápido. Entro al colegio nuevo y veo a muchas personas. Ahí es dónde te sientes diferente. Llegué a sentir que todos me miraban. ¡Qué pánico! , y vergüenza a la vez.
Le pregunté a la chica dónde quedaba el salón de tercer año, específicamente el tercero “b”. Entre, todos me miraron, para variar. Lo hice con cautela, simplemente a la defensiva. Me senté y callado esperé que tocaran el timbre para la bendita formación de todos los lunes – que al final, aprendí a querer porque era un relajo mental. ¡Qué cague de risa carajo! Para mi mala suerte, subimos muy rápido al salón. Y en u abrir y cerrar de ojos. Recreo.
Ese tercer año, el primero en el cole, fue para ponerme a la par. Apaciguar la ideología del colegio y sentar cabeza. Al final, no logré ningún objetivo. Qué raro. Llegó el cuarto año, mi año. Digo esto porque conocí al primero de mis dos grandes amigos, Rodrigo.
Subía a esa línea de microbús que van todo Javier Prado, y ahí estaba él, a pesar de que era del otro salón, nuestra conversación brotó naturalmente, al extremo de que ese día me invitó a su casa para hacer unos paneles estúpidos que nunca terminamos. Ahí nació la amistad que hasta el día de hoy guardamos. Es más, hace unas horas he estado hablando con él y obviamente es el cincuenta por ciento de mi inspiración.
Este infeliz (con cariño claro), es la persona que más me hace reír.
En realidad el otro cincuenta por ciento también. Lógico, que de diferentes modos. Bueno, Rodrigo, es esa persona que ya no se encuentran. Un inmenso corazón y una boca más grande que su cuerpo creo. El amigo ideal, aquél que te escucha cuando en verdad lo necesitas. Recuerdo una vez cuando estaba en lágrimas por una discusión con mi papá. Tonta para variar. Y felizmente estaba él. Lloré de cólera, pero el secó mis lágrimas. Fue paciente y buen consejero. Típico en él. En ese momento, sentí a Rodrigo diferente. Yo lo sentí diferente, o sea, el afecto de mí hacia él cambió de una manera ilógica. Evolucionó para que lo entiendan.
Y así pues. Hemos compartido lágrimas. Muchas risas, hasta por gusto. En el salón del colegio. En la calle, en su casa, en la mía. Hemos bebido hasta emborracharnos, hemos llorado el último día del colegio. Bueno. Él hizo el intento. (Risas). En resumen definitivo, Ax, es todo un personaje y pregúntenle a quien ustedes quieran. Todos te van a decir lo mismo y lo van a describir de la misma manera. Yo por varios peldaños encima de resto.
Ahora viene el otro cincuenta por ciento. El más baboso, el alto ondulado, sí, ese. Ese que lo conocí de una manera muy peculiar - Conocí entiéndase como entablar una amistad y cosas por el estilo - . A la salida del colegio, Rodrigo me dice para ir a jugar a mi casa unas partidas de play station. Obviamente yo acepté y nos encaminamos para el paradero, y así, tomar la línea 19c, que nos deja muy cerca de mi casa. Subimos, y con nosotros, Renato. ¡Qué raro! – dijimos ambos -. Sabíamos que él vivía en el sentido contrario pero bueno, tendrá que ir a otro lado.
Felizmente no, se acercó sin ninguna vergüenza alguna – créanme, muy raro en el (no estoy siendo sarcástico) – y nos dice que a dónde vamos. A mi casa respondo. Se calla unos segundos y me indica que él iba a Plaza San Miguel. Chévere, le decimos. Para su mala suerte, llegamos rápidamente a ese lugar, e inclinamos la mano con ánimos de despedirnos. Pero no, no respondió el gesto y nos indicó que iba más allá. Dónde específicamente le pregunto yo. Responde con claro bacilo: para allá, no me acuerdo como se llama.
Bueno, que raro. Total, no tiene nada de malo. Nos para un semáforo y con él, un poco los minutos. Tiempo suficiente para aclarar el destino de Renato (hasta ése momento, incierto). Nos indica que se rumbo a la casa de una amiga, muy cerca de la mía, e inmediatamente salieron las preguntas. Éstas fueron como cuchillos de faquir, cada una más fuerte que la otra. No sabia que responder . Rodrigo y yo decimos a la par: tabacalera baja. Lo hacemos, y vemos a Renato parado a nuestro costado. ¡Renato, qué haces aquí!, le digo. Me voy a la casa de un amigo, responde. Y nuevamente el carnaval de preguntas. Mismo interrogatorio del F.B.I, Renato sentado en una silla a poca luz.
No le quedó otra que aceptar que quería venir a jugar con nosotros play station, y tras esa respuesta nuestras carcajadas estaban a la orden del día. Si me preguntan como conocí a Renato, fue así. Créanme.
Hoy nos une una gran amistad y confianza. Nos contamos todo, y sabemos que el uno no le fallará al otro. Por nada. Ni por nadie. Lo mismo pasa con Rodrigo. Son el cien por ciento de mi afecto amical. Claro, obvio, tengo otros grandes amigos. Pero si la gente me pregunta por la palabra amistad, inmediatamente brotan esos dos nombres.
Tan titulares en mi lista de amigos como Messi y Kaka’, cada uno en su respectivo club. Así de importantes son ellos en mi vida. No tengo vergüenza de decirlo. Lo siento, y eso es motivación suficiente para no dejar de callarlo. Realmente, los amo amigos. Tal vez estaría un poco perdido ante su ausencia, por eso les pido por favor, nunca dejar de ser lo que somos – aunque de diferentes madres – hermanos.