jueves, 21 de enero de 2010

Recordar es volver a sentir


No sé si te habrás dado cuenta que las cosas más felices de la vida ocurren cuando menos te lo esperas, parece que sí.

Digo esto porque me puse a pensar en el momento más feliz y no lo encontré. Que no se entienda como que nunca he tenido un momento agradable, todo lo contrario. Encontré tantos momentos acaramelados por la suerte que me costó mucho elegir uno.

Demasiados capítulos difíciles de olvidar que al hacerlo me cambia el estado de ánimo increiblemente. El amor, tanto pasional como amical, la risa, la amistad propiamente dicha y muchas cosas más son una pequeña parte de todo el universo que logran mi felicidad.

Regresando al tema, todos estos episodios acontecieron cuando ni lo imaginaba. Eso hace más alucinante y alegórico cada instante. No esperar nada y recibir mucho. "De lo bueno, poco", dicen algunos. Yo no.

Por eso, de vez en cuando ponte a recordar todo lo que has vivido y selecciónalas en casilleros, uno por encima del otro. Dales un orden y distínguelas. Porque ningún momento es igual al otro.

Cada instante se vale por sí mismo. Pero no vale lo mismo que otro instante.

sábado, 16 de enero de 2010

El juego del miedo

A pesar de que muchos lo tomen como algo insignificante, pasajero y poco arriesgado, el miedo es algo que entra para casi nunca salir.

Cuando hablamos de miedo, tendríamos que especificar rápidamente a qué. Cuando les pregunto a mis amigos a qué tienen miedo, éstos me responden: a nada. ¿Se puede no tenerle miedo a nada?, creo que no.

Acepto que le tengo miedo a algunas cosas: cumplir una cantidad considerable de años y no estar bien económicamente. Sé que no es algo indispensable, pero para mi sí. Poder adquirir muchas cosas por mi propia cuenta. La satisfacción de retribuirle a mis padres todo lo que hacen por mi; también le tengo miedo a la ausencia de mis seres más queridos, me aterra el simple hecho de no tenerlos más a mi lado; y por último – siendo tal vez el más extraño – el hecho de volverme cada vez más frío a consecuencia de los años.

Sí, no quiero llegar a los treinta o cuarenta y ser más frío que una roca. Haciendo un pequeño recuento de años, específicamente hace unos diez, se me podía considerar un niño sensible, emotivo y pasional. Ahora no. Cosas completamente iguales no me mueven un pelo. Me pregunto, ¿será parte de la madurez?, creo que sí y no. Por un lado pienso que la sensibilidad no tiene nada que ver con la madurez, si ésta última la vemos como la capacidad de saber sobrellevar mejor los conflictos mentales. Pero por el otro lado, dicha madurez adquirida, me ha hecho ver las cosas de forma heterogénea en comparación con antes.

Qué conflicto, no lo sé. Lo único que quiero es no perder esa sensibilidad que hasta ahora me queda, aunque sólo queden retazos.

No quiero perder la esencia que me caracteriza y dejar de ser yo, todo al mismo tiempo. Por el momento hay más de ese niño dentro mío que el lado frío que se asoma. Quiero espantarlo y que no vuelva nunca más.

lunes, 28 de diciembre de 2009

Injusto pero necesario

Lo dejaré todo atrás. Llegué a comprender por primera vez, en mi corta vida, que las cosas que llegan solas, solas se van.

¿Será de esa manera?, o lo que pasa en realidad es que yo no sé conservarlas. 365 días al año - que por fin se termina - me pregunté si llegarías, y no fue así. Es hora de prender el primer cigarro.

Ojalá te des cuenta algún dia, lo más lejano posible, que no me sé expresar. Es más, estoy seguro que ese es mi peor defecto. Entiende que las palabras al frente tuyo no fluyen con naturalidad, y que me complico en demasía.

Ojalá redundes en este tema y te aburras de mi. Tal vez ni te intereso, o tal vez sí. Sólo tú lo sabes, pero no lo dices. Entre tu y yo hay una gran diferencia: Tu no lo díces y yo no sé ni cómo. He ahí el gran espacio que nos separa. Claro, eso y muchas cosas más.

Por ahora sólo me iré a dormir. Quién sabe y ahí, en mis sueños, nos encontremos con todo el tiempo del mundo y te aclare todo ésto. Que sin querer broten las palabras que necesito y termine con todo. Espero que no. Hoy, lo dejaré todo atrás.

martes, 1 de diciembre de 2009

Guarda silencio


Cuando colocó ambos pies en plena pista de la avenida, él se dio cuenta claramente que ella no volvería más. Se iba de viaje y seguramente para siempre.

La discusión se había originado meses atrás. Ella no comprendía todo el esfuerzo que él realizaba para reconstruir su gris relación, y él, cansado de eso, confundió amor con costumbre, ésta que no daba para más.

Su relación comenzó en años universitarios, ambos cursaban la carrera de Ingeniería Industrial en la Universidad Católica, y vivían a pocas cuadras uno del otro en Miraflores. Él acostumbraba recogerla a su casa para luego irse juntos a estudiar. Así fue como consiguió conquistarla, quién se iba a imaginar que así también, iba a terminar algo que duró muchos años.

En julio, específicamente un año antes de su ruptura sentimental, falleció el papá de ella. No lo podía creer. El señor que la vio crecer no estaba más entre nosotros. Su familia se despedazó en un dos por tres: la mamá viajó a Paris para vivir con su prima, su hermano, que vive en Bogotá, pisó suelo peruano tan rápido como recibió la noticia. Lastima que tuvo que regresarse por motivos laborales, y ella, bajó el promedio de sus notas, su futuro era incierto y el hambre no la acompañaba a diario. Ahí, en ese momento, apareció él. El indicado. El único que la podía socorrer ante tan grande pena. Sólo él podía darle ese abrazo que tanto necesitaba. Y así fue.

En los tres años y dos meses que duró su relación, los problemas no faltaban, muy rara vez pasaban un fin de semana en paz y los martes siempre fueron días de reconciliación. ¡Qué miércoles para más felices!

Pero para la su mala suerte, ella pisó el suelo de aquella avenida. Cruzó la pista y entro al aeropuerto. Él, atónito, optó por seguirla – lo más rápido que pudo – y en el intento la perdió de vista.

Perdió el panorama pero no la intuición. La encontró en el Café del aeropuerto y le pidió una explicación. El por qué de su marcha tan repentina. Cómo creía posible dejarlo todo así. Abandonar la universidad después de tantos ciclos, y más que todo, desampararlo a él, luego de tantos años juntos. Cómo.

Ella agachó la mirada, juntó tímidamente los pies, dando síntomas de miedo y vergüenza. No dijo nada. El silencio se apoderó de los dos y de sus tan rasguñados corazones. No era justo. Ni para él, ni para ella. Ella lo abandonaba así de fácil, dejándolo sin ninguna explicación.

Nunca le dijo por qué se fue. Todo esto era rarísimo. Él, en lágrimas que chorrearon hasta sus rodillas, sólo la veía entrar por la puerta que los despidió después de tantos años. Ni el comprendía por qué nunca reclamó lo justo. Jamás pidió una explicación.

Cinco meses después, le llegó una carta desde el extranjero: Conseguí una beca de estudio por cinco años. No te lo dije allá en Lima porque no me iban a alcanzar las fuerzas para despedirme de ti. ¿Podrás esperarme?´

Él, rápidamente respondió: Ahora me toca a mi quedarme callado.

viernes, 20 de noviembre de 2009

De gustos y colores


No he nacido para esto, aunque muchas personas digan lo contrario. Siempre me dijeron tú puedes, pero no era verdad. Llegaron ocasiones no deseadas que me hicieron dudar, sin embargo, hoy no puedo estar más seguro.

El día de ayer fue más que magnífico: te dirigí la palabra por primera vez, compartimos uno o dos gustos y me diste uno de aquellos besos de despedida que no recibía hace mucho tiempo. Lastima que no fue más que eso: una mera despedida.

Luego de doce minutos desde ese lapidario último beso, se me vino a la mente todos los “tú puedes” de la gente. Luego de doce minutos más, se desvanecieron los ánimos con aquel beso que, para mi mala suerte, vi. No sentí dolor ni nada por el estilo, pero sí una molestia estomacal, esa que sientes cuando algo te incomoda.

Bueno, tampoco es para tanto, pero juro que hace tiempo no encontraba una chica tan exacta, precisa como ella sola y directa en su máxima expresión. En aquellos instantes, (antes de la triste despedida) me localizaba en el cielo, sobrevolaba una que otra nube y esquivaba varias miradas de la gente que nos rodeaba.
En fin, en ese momento no me importaba nada más que conversar con ella. Cualquier comentario fuera de lugar me entraba por una oreja y salía rápidamente por la otra.

Un momento, me olvidaba de aquel beso que observé. Era su enamorado. ¡Maldición!, toda la vida me pasa lo mismo. Fue en ese momento cuando dije: fin del asunto.

No pedí consejos, consuelo, ni mucho menos fui al padre de la parroquia para contarle mis problemas, ¡no! Era yo sólo contra la soledad. Una lucha constante entre hacer las cosas bien o mal.

Intentar algo nuevo, pero completamente equivocado, o dejar las cosas ahí, y por su puesto, tener la conciencia limpia. Lo más coherente sería hacer lo segundo, porque en general no soy bueno para ese tipo de aventuras. Dejar las cosas como están, tranquilizarme y pensar en una nueva aventura; una muy alejada de los problemas.

Estoy seguro de que algunos pensarán que lo primero sería algo más emocionante, pero no quiero emociones, no más. Tranquilizarme, respirar y pensar en cosas que no me hagan hacer cosas que al final me arrepienta. No hay cosa más relajante que tener la conciencia tranquila. Se lo aseguro.

Si el destino te depara una mujer específica, metalízate negativamente en ésta. Querer con ansias desenfrenadas a otra mujer. No importa que no sea del gusto de los demás, eso es lo de menos. Lo bueno del destino es que puedes desviarlo ligeramente. Cambiarlo es posible, así que, hay que tratar de intentarlo (positivamente).

El destino es más que eso. Un gusto por la vida, pintado de el color que tú quieras darle. Coge rápidamente tu caja de colores y comienza a pintarlo. El color que tú quieras a la hora que quieras, ¡anímate!

Hoy cambié mi propio rumbo. Yo elegí mi destino, evitando a la mujer que se cruzó por mi camino. Coloreé de gris esa caricatura. Me dijeron: tú puedes (varias veces). Claro que puedo, y lo hice. Yo deparo mi destino.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Disculpe, no lo vi



Sentado aquí sosteniendo con una mano todos mis pensamientos. Mejor los dejo ahí y me pongo a buscar una caja. ¡Lástima que está completamente ocupada!

Voy por las calles pensando, siempre pensando. Muchas veces he tropezado con la gente y ni cuenta. Otras, la esquivo y la ilación de las cosas se me pierden por completo, por eso prefiero chocar, no importa lo que me digan.

En estos momentos la nicotina y la luz solar ahogan en una inmensa piscina todo lo que te quiero hacer. Ni la distancia ni mi timidez me lo impiden, simplemente el miedo. Temor a equivocarme de nuevo. Temor a no encontrar bolsas para llevártelas a tu hogar; tantas, que creerás que llego de compras. Me abrazarás – eso espero – y las soltaré. Desaparecerás y todo se tornará abril. Yo seguiré en julio y definitivamente no estarás más.

Como es de esperarse, te buscaré inútilmente. Es ahí donde no sabré qué hacer. Te llamaré muy desesperado y con prisa. Las tonadas telefónicas irán directo a tu corazón, te juro que sí. Me sentaré nuevamente donde se unen la lástima y la sonrisa. Prenderé nuevamente un cigarro y me compraré un café. Eso eres tú, cigarro y café.

¡No te vayas!, me oirás decir pero tú no voltearás. Comprendo tu actitud y también todas las cosas que encontrarás en las bolsas. Por eso – sólo por eso – no te diré nada. Hallarás en los plásticos cosas que no te gustarán, otras sí. Harás tu idiota balance, mientras me verás caminando por las calles tropezando con la gente. ¡Ya te imaginas lo que se viene!

domingo, 8 de noviembre de 2009

Llueve para arriba

Llévate lo que quieras. Siéntete dueña de todo esto, te lo mereces. No tengo lugar a réplica ni mucho menos a recriminarte algo. Ah, eso sí, te quiero hacer una última pregunta… ¿Cuánto más?

Aquí todo está de cabeza y seguirá así por mucho tiempo. En líneas generales no encuentro nada, pero si hablamos de la particularidad, confieso que no puedo desprenderme de tu inmensa mirada. Está tan atada a mí como yo a ella. No es que me incomode, pero ya ha estado ahí lo suficiente, lo mejor sería desalojarla de buena manera.

Sinceramente no soy capaz de borrar ese par de ojos. Tendría que estar muy loco para decidirme a hacerlo. Concuerdan perfectamente con tu nariz y boca. ¡Qué complemento para más preciso! Algún día haré un retrato y lo subastaré al precio más alto. Tanto, que nadie podrá comprarlo; aceptarán que me pertenece y que mi iluso egoísmo es capaz de cosas increíbles.
Qué bueno sería poder subastar recuerdos, aunque pensándolo bien, los míos no tienen precio. No se pueden tocar, pero me permiten regresar a años anteriores, y de qué manera. Estas anécdotas me permiten probar nuevamente ese sabor a victoria. ¿Qué?, sí, éstas que las guardaba en los bolsillos y se me cayeron con el pasar de los meses (no todas, claro).

Ahora sólo me queda uno que otro imperdible, pero no importa, la cantidad no hace la calidad, obviamente. Ah, pero eso sí, no están en ningún bolsillo como en antaño, se encuentran bajo cuatro llaves y muy rara vez los saco a pasear. Tengo miedo que se vayan corriendo y nunca más verlos. Eso sí que sería total desgracia.

Me despido de ti por primera vez. Sin beso previo ni contacto físico, pero sí con la misteriosa e inexplicable sin sazón de no haberlo hecho antes. Mira tú, sin querer me respondí la pregunta que te hice al principio. ¿Cuánto más?, no más, se acabó. Gracias por nada y a la vez, gracias por todo. Fuiste todo y a la vez no fuiste nada. Me voy pero me quedo contigo.

viernes, 6 de noviembre de 2009

Mi comportamiento con las mujeres (parte 3)

Mientras tanto, me quedaré pensando qué hacer. Es probable que pasen los días y no encuentre tal explicación. No importa, ya me estoy acostumbrando a estar así.

Los meses pasarán y todo seguirá igual. Mis dudas y temores acerca de un encuentro amoroso con una chica seguirán rondando mi cabeza. No podré hacer nada y nuevamente la volveré a cagar. Me refugiare en mis amigos, las clases y el trabajo. Tres cosas que por ahora son mi gasolina para distraer a la mente. Lo malo es que la gasolina sube todos los días de precio, y mis matemáticas están peor que mi corazón. Pero es la única salida.

Sólo veo eso por ahora. Salidas y más salidas y no entrar de fondo en éste, mi comportamiento con las mujeres. Primero, tengo que entenderme – no lo hago hasta ahora - , también tengo que saber combatir mi timidez. Y por último, saber que todas las chicas son un mundo diferente, como me dijo un amigo.

Basta de comparaciones absurdas (no es mi intención hacerlo, pero no lo controlo). Así no conseguiré nada. Sólo días de sequía. Éstos que se me van acumulando sin parar, como bolsas de basura a medio día. Todas por todos lados.

Pensé por un momento que con éste relato, conseguiría aclararme. Para nada, lo único que conseguí fue caer en un inmenso stress. Más del que existía. Para mi mala suerte, me voy con más dudas que aciertos. Y entre estos últimos, me doy cuenta que a menos intento salir de éste hoyo. Les cuento que está muy profundo, así que necesitaré una escalera. Creo que algo más rápido, porque no me queda mucho tiempo. Un ascensor sería la voz. Con tal que ese ascensor no me lleve al subterráneo, todo perfecto. Ya más hundido no puedo estar.

Se acabó ésta explicación, que de tal, no tiene nada. Se acabó la el triste problema que tengo. Definitivamente tengo que cambiar muchas cosas. Eso sí, siempre buscaré algo serio y duradero. No hay nada mejor que tener alguien a tu costado. No digo que estar sólo esté mal, para nada. Tiene sus beneficios. Pero ahora, yo busco – sin desesperación – un mano que tocar y una motivación sentimental para seguir caminando.

Ya no usar esa gasolina que día a día se hace más cara. Además, no hace más que engañarme, porque al final de todo eso, vuelvo a estar solo. Es ahí cuando me dan ganas de explicarme qué ocurre conmigo, y me dan ganas de escribirlo. Pero no más. Esto ya acabó. Mis días amorosos parecen haber terminado.