
No he nacido para esto, aunque muchas personas digan lo contrario. Siempre me dijeron tú puedes, pero no era verdad. Llegaron ocasiones no deseadas que me hicieron dudar, sin embargo, hoy no puedo estar más seguro.
El día de ayer fue más que magnífico: te dirigí la palabra por primera vez, compartimos uno o dos gustos y me diste uno de aquellos besos de despedida que no recibía hace mucho tiempo. Lastima que no fue más que eso: una mera despedida.
Luego de doce minutos desde ese lapidario último beso, se me vino a la mente todos los “tú puedes” de la gente. Luego de doce minutos más, se desvanecieron los ánimos con aquel beso que, para mi mala suerte, vi. No sentí dolor ni nada por el estilo, pero sí una molestia estomacal, esa que sientes cuando algo te incomoda.
Bueno, tampoco es para tanto, pero juro que hace tiempo no encontraba una chica tan exacta, precisa como ella sola y directa en su máxima expresión. En aquellos instantes, (antes de la triste despedida) me localizaba en el cielo, sobrevolaba una que otra nube y esquivaba varias miradas de la gente que nos rodeaba.
En fin, en ese momento no me importaba nada más que conversar con ella. Cualquier comentario fuera de lugar me entraba por una oreja y salía rápidamente por la otra.
Un momento, me olvidaba de aquel beso que observé. Era su enamorado. ¡Maldición!, toda la vida me pasa lo mismo. Fue en ese momento cuando dije: fin del asunto.
No pedí consejos, consuelo, ni mucho menos fui al padre de la parroquia para contarle mis problemas, ¡no! Era yo sólo contra la soledad. Una lucha constante entre hacer las cosas bien o mal.
Intentar algo nuevo, pero completamente equivocado, o dejar las cosas ahí, y por su puesto, tener la conciencia limpia. Lo más coherente sería hacer lo segundo, porque en general no soy bueno para ese tipo de aventuras. Dejar las cosas como están, tranquilizarme y pensar en una nueva aventura; una muy alejada de los problemas.
Estoy seguro de que algunos pensarán que lo primero sería algo más emocionante, pero no quiero emociones, no más. Tranquilizarme, respirar y pensar en cosas que no me hagan hacer cosas que al final me arrepienta. No hay cosa más relajante que tener la conciencia tranquila. Se lo aseguro.
Si el destino te depara una mujer específica, metalízate negativamente en ésta. Querer con ansias desenfrenadas a otra mujer. No importa que no sea del gusto de los demás, eso es lo de menos. Lo bueno del destino es que puedes desviarlo ligeramente. Cambiarlo es posible, así que, hay que tratar de intentarlo (positivamente).
El destino es más que eso. Un gusto por la vida, pintado de el color que tú quieras darle. Coge rápidamente tu caja de colores y comienza a pintarlo. El color que tú quieras a la hora que quieras, ¡anímate!
Hoy cambié mi propio rumbo. Yo elegí mi destino, evitando a la mujer que se cruzó por mi camino. Coloreé de gris esa caricatura. Me dijeron: tú puedes (varias veces). Claro que puedo, y lo hice. Yo deparo mi destino.