lunes, 28 de diciembre de 2009

Injusto pero necesario

Lo dejaré todo atrás. Llegué a comprender por primera vez, en mi corta vida, que las cosas que llegan solas, solas se van.

¿Será de esa manera?, o lo que pasa en realidad es que yo no sé conservarlas. 365 días al año - que por fin se termina - me pregunté si llegarías, y no fue así. Es hora de prender el primer cigarro.

Ojalá te des cuenta algún dia, lo más lejano posible, que no me sé expresar. Es más, estoy seguro que ese es mi peor defecto. Entiende que las palabras al frente tuyo no fluyen con naturalidad, y que me complico en demasía.

Ojalá redundes en este tema y te aburras de mi. Tal vez ni te intereso, o tal vez sí. Sólo tú lo sabes, pero no lo dices. Entre tu y yo hay una gran diferencia: Tu no lo díces y yo no sé ni cómo. He ahí el gran espacio que nos separa. Claro, eso y muchas cosas más.

Por ahora sólo me iré a dormir. Quién sabe y ahí, en mis sueños, nos encontremos con todo el tiempo del mundo y te aclare todo ésto. Que sin querer broten las palabras que necesito y termine con todo. Espero que no. Hoy, lo dejaré todo atrás.

martes, 1 de diciembre de 2009

Guarda silencio


Cuando colocó ambos pies en plena pista de la avenida, él se dio cuenta claramente que ella no volvería más. Se iba de viaje y seguramente para siempre.

La discusión se había originado meses atrás. Ella no comprendía todo el esfuerzo que él realizaba para reconstruir su gris relación, y él, cansado de eso, confundió amor con costumbre, ésta que no daba para más.

Su relación comenzó en años universitarios, ambos cursaban la carrera de Ingeniería Industrial en la Universidad Católica, y vivían a pocas cuadras uno del otro en Miraflores. Él acostumbraba recogerla a su casa para luego irse juntos a estudiar. Así fue como consiguió conquistarla, quién se iba a imaginar que así también, iba a terminar algo que duró muchos años.

En julio, específicamente un año antes de su ruptura sentimental, falleció el papá de ella. No lo podía creer. El señor que la vio crecer no estaba más entre nosotros. Su familia se despedazó en un dos por tres: la mamá viajó a Paris para vivir con su prima, su hermano, que vive en Bogotá, pisó suelo peruano tan rápido como recibió la noticia. Lastima que tuvo que regresarse por motivos laborales, y ella, bajó el promedio de sus notas, su futuro era incierto y el hambre no la acompañaba a diario. Ahí, en ese momento, apareció él. El indicado. El único que la podía socorrer ante tan grande pena. Sólo él podía darle ese abrazo que tanto necesitaba. Y así fue.

En los tres años y dos meses que duró su relación, los problemas no faltaban, muy rara vez pasaban un fin de semana en paz y los martes siempre fueron días de reconciliación. ¡Qué miércoles para más felices!

Pero para la su mala suerte, ella pisó el suelo de aquella avenida. Cruzó la pista y entro al aeropuerto. Él, atónito, optó por seguirla – lo más rápido que pudo – y en el intento la perdió de vista.

Perdió el panorama pero no la intuición. La encontró en el Café del aeropuerto y le pidió una explicación. El por qué de su marcha tan repentina. Cómo creía posible dejarlo todo así. Abandonar la universidad después de tantos ciclos, y más que todo, desampararlo a él, luego de tantos años juntos. Cómo.

Ella agachó la mirada, juntó tímidamente los pies, dando síntomas de miedo y vergüenza. No dijo nada. El silencio se apoderó de los dos y de sus tan rasguñados corazones. No era justo. Ni para él, ni para ella. Ella lo abandonaba así de fácil, dejándolo sin ninguna explicación.

Nunca le dijo por qué se fue. Todo esto era rarísimo. Él, en lágrimas que chorrearon hasta sus rodillas, sólo la veía entrar por la puerta que los despidió después de tantos años. Ni el comprendía por qué nunca reclamó lo justo. Jamás pidió una explicación.

Cinco meses después, le llegó una carta desde el extranjero: Conseguí una beca de estudio por cinco años. No te lo dije allá en Lima porque no me iban a alcanzar las fuerzas para despedirme de ti. ¿Podrás esperarme?´

Él, rápidamente respondió: Ahora me toca a mi quedarme callado.

viernes, 20 de noviembre de 2009

De gustos y colores


No he nacido para esto, aunque muchas personas digan lo contrario. Siempre me dijeron tú puedes, pero no era verdad. Llegaron ocasiones no deseadas que me hicieron dudar, sin embargo, hoy no puedo estar más seguro.

El día de ayer fue más que magnífico: te dirigí la palabra por primera vez, compartimos uno o dos gustos y me diste uno de aquellos besos de despedida que no recibía hace mucho tiempo. Lastima que no fue más que eso: una mera despedida.

Luego de doce minutos desde ese lapidario último beso, se me vino a la mente todos los “tú puedes” de la gente. Luego de doce minutos más, se desvanecieron los ánimos con aquel beso que, para mi mala suerte, vi. No sentí dolor ni nada por el estilo, pero sí una molestia estomacal, esa que sientes cuando algo te incomoda.

Bueno, tampoco es para tanto, pero juro que hace tiempo no encontraba una chica tan exacta, precisa como ella sola y directa en su máxima expresión. En aquellos instantes, (antes de la triste despedida) me localizaba en el cielo, sobrevolaba una que otra nube y esquivaba varias miradas de la gente que nos rodeaba.
En fin, en ese momento no me importaba nada más que conversar con ella. Cualquier comentario fuera de lugar me entraba por una oreja y salía rápidamente por la otra.

Un momento, me olvidaba de aquel beso que observé. Era su enamorado. ¡Maldición!, toda la vida me pasa lo mismo. Fue en ese momento cuando dije: fin del asunto.

No pedí consejos, consuelo, ni mucho menos fui al padre de la parroquia para contarle mis problemas, ¡no! Era yo sólo contra la soledad. Una lucha constante entre hacer las cosas bien o mal.

Intentar algo nuevo, pero completamente equivocado, o dejar las cosas ahí, y por su puesto, tener la conciencia limpia. Lo más coherente sería hacer lo segundo, porque en general no soy bueno para ese tipo de aventuras. Dejar las cosas como están, tranquilizarme y pensar en una nueva aventura; una muy alejada de los problemas.

Estoy seguro de que algunos pensarán que lo primero sería algo más emocionante, pero no quiero emociones, no más. Tranquilizarme, respirar y pensar en cosas que no me hagan hacer cosas que al final me arrepienta. No hay cosa más relajante que tener la conciencia tranquila. Se lo aseguro.

Si el destino te depara una mujer específica, metalízate negativamente en ésta. Querer con ansias desenfrenadas a otra mujer. No importa que no sea del gusto de los demás, eso es lo de menos. Lo bueno del destino es que puedes desviarlo ligeramente. Cambiarlo es posible, así que, hay que tratar de intentarlo (positivamente).

El destino es más que eso. Un gusto por la vida, pintado de el color que tú quieras darle. Coge rápidamente tu caja de colores y comienza a pintarlo. El color que tú quieras a la hora que quieras, ¡anímate!

Hoy cambié mi propio rumbo. Yo elegí mi destino, evitando a la mujer que se cruzó por mi camino. Coloreé de gris esa caricatura. Me dijeron: tú puedes (varias veces). Claro que puedo, y lo hice. Yo deparo mi destino.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Disculpe, no lo vi



Sentado aquí sosteniendo con una mano todos mis pensamientos. Mejor los dejo ahí y me pongo a buscar una caja. ¡Lástima que está completamente ocupada!

Voy por las calles pensando, siempre pensando. Muchas veces he tropezado con la gente y ni cuenta. Otras, la esquivo y la ilación de las cosas se me pierden por completo, por eso prefiero chocar, no importa lo que me digan.

En estos momentos la nicotina y la luz solar ahogan en una inmensa piscina todo lo que te quiero hacer. Ni la distancia ni mi timidez me lo impiden, simplemente el miedo. Temor a equivocarme de nuevo. Temor a no encontrar bolsas para llevártelas a tu hogar; tantas, que creerás que llego de compras. Me abrazarás – eso espero – y las soltaré. Desaparecerás y todo se tornará abril. Yo seguiré en julio y definitivamente no estarás más.

Como es de esperarse, te buscaré inútilmente. Es ahí donde no sabré qué hacer. Te llamaré muy desesperado y con prisa. Las tonadas telefónicas irán directo a tu corazón, te juro que sí. Me sentaré nuevamente donde se unen la lástima y la sonrisa. Prenderé nuevamente un cigarro y me compraré un café. Eso eres tú, cigarro y café.

¡No te vayas!, me oirás decir pero tú no voltearás. Comprendo tu actitud y también todas las cosas que encontrarás en las bolsas. Por eso – sólo por eso – no te diré nada. Hallarás en los plásticos cosas que no te gustarán, otras sí. Harás tu idiota balance, mientras me verás caminando por las calles tropezando con la gente. ¡Ya te imaginas lo que se viene!

domingo, 8 de noviembre de 2009

Llueve para arriba

Llévate lo que quieras. Siéntete dueña de todo esto, te lo mereces. No tengo lugar a réplica ni mucho menos a recriminarte algo. Ah, eso sí, te quiero hacer una última pregunta… ¿Cuánto más?

Aquí todo está de cabeza y seguirá así por mucho tiempo. En líneas generales no encuentro nada, pero si hablamos de la particularidad, confieso que no puedo desprenderme de tu inmensa mirada. Está tan atada a mí como yo a ella. No es que me incomode, pero ya ha estado ahí lo suficiente, lo mejor sería desalojarla de buena manera.

Sinceramente no soy capaz de borrar ese par de ojos. Tendría que estar muy loco para decidirme a hacerlo. Concuerdan perfectamente con tu nariz y boca. ¡Qué complemento para más preciso! Algún día haré un retrato y lo subastaré al precio más alto. Tanto, que nadie podrá comprarlo; aceptarán que me pertenece y que mi iluso egoísmo es capaz de cosas increíbles.
Qué bueno sería poder subastar recuerdos, aunque pensándolo bien, los míos no tienen precio. No se pueden tocar, pero me permiten regresar a años anteriores, y de qué manera. Estas anécdotas me permiten probar nuevamente ese sabor a victoria. ¿Qué?, sí, éstas que las guardaba en los bolsillos y se me cayeron con el pasar de los meses (no todas, claro).

Ahora sólo me queda uno que otro imperdible, pero no importa, la cantidad no hace la calidad, obviamente. Ah, pero eso sí, no están en ningún bolsillo como en antaño, se encuentran bajo cuatro llaves y muy rara vez los saco a pasear. Tengo miedo que se vayan corriendo y nunca más verlos. Eso sí que sería total desgracia.

Me despido de ti por primera vez. Sin beso previo ni contacto físico, pero sí con la misteriosa e inexplicable sin sazón de no haberlo hecho antes. Mira tú, sin querer me respondí la pregunta que te hice al principio. ¿Cuánto más?, no más, se acabó. Gracias por nada y a la vez, gracias por todo. Fuiste todo y a la vez no fuiste nada. Me voy pero me quedo contigo.

viernes, 6 de noviembre de 2009

Mi comportamiento con las mujeres (parte 3)

Mientras tanto, me quedaré pensando qué hacer. Es probable que pasen los días y no encuentre tal explicación. No importa, ya me estoy acostumbrando a estar así.

Los meses pasarán y todo seguirá igual. Mis dudas y temores acerca de un encuentro amoroso con una chica seguirán rondando mi cabeza. No podré hacer nada y nuevamente la volveré a cagar. Me refugiare en mis amigos, las clases y el trabajo. Tres cosas que por ahora son mi gasolina para distraer a la mente. Lo malo es que la gasolina sube todos los días de precio, y mis matemáticas están peor que mi corazón. Pero es la única salida.

Sólo veo eso por ahora. Salidas y más salidas y no entrar de fondo en éste, mi comportamiento con las mujeres. Primero, tengo que entenderme – no lo hago hasta ahora - , también tengo que saber combatir mi timidez. Y por último, saber que todas las chicas son un mundo diferente, como me dijo un amigo.

Basta de comparaciones absurdas (no es mi intención hacerlo, pero no lo controlo). Así no conseguiré nada. Sólo días de sequía. Éstos que se me van acumulando sin parar, como bolsas de basura a medio día. Todas por todos lados.

Pensé por un momento que con éste relato, conseguiría aclararme. Para nada, lo único que conseguí fue caer en un inmenso stress. Más del que existía. Para mi mala suerte, me voy con más dudas que aciertos. Y entre estos últimos, me doy cuenta que a menos intento salir de éste hoyo. Les cuento que está muy profundo, así que necesitaré una escalera. Creo que algo más rápido, porque no me queda mucho tiempo. Un ascensor sería la voz. Con tal que ese ascensor no me lleve al subterráneo, todo perfecto. Ya más hundido no puedo estar.

Se acabó ésta explicación, que de tal, no tiene nada. Se acabó la el triste problema que tengo. Definitivamente tengo que cambiar muchas cosas. Eso sí, siempre buscaré algo serio y duradero. No hay nada mejor que tener alguien a tu costado. No digo que estar sólo esté mal, para nada. Tiene sus beneficios. Pero ahora, yo busco – sin desesperación – un mano que tocar y una motivación sentimental para seguir caminando.

Ya no usar esa gasolina que día a día se hace más cara. Además, no hace más que engañarme, porque al final de todo eso, vuelvo a estar solo. Es ahí cuando me dan ganas de explicarme qué ocurre conmigo, y me dan ganas de escribirlo. Pero no más. Esto ya acabó. Mis días amorosos parecen haber terminado.

jueves, 5 de noviembre de 2009

Mi comportamiento con las mujeres (parte 2)

Problemas y más problemas. Pero como dije, aún no caigo en la desesperación. No busco una novia ni nada por el estilo, simplemente me quiero entender. Quiero saber qué pasa conmigo, el por qué de estas actitudes y todo lo demás. Mis días amorosos parecen haber terminado.

Tengo a los cuatro polos frente mío, y mi brújula no funciona. Observo a la luna y ésta se esconde. En pocas palabras, ya nadie se acuerda de mí, mi celular ya no suena; creo que ya pasé de moda. En realidad nunca lo estuve ni lo estaré, es de día y probablemente mi celular no tengo batería. Así que no hay por qué hacer tanto drama. Lo que sí me atormenta es como superar esa sensación. Más que sensación, actitud. Actitud para afrontar una nueva relación. A ver, sí estoy preparado, pero de una forma particular. Creo que yo soy el único que me entiende.

No estoy poniendo excusas. Quiero converger tan sólo una vez con esa sensación de satisfacción. Ésta, de una manera completa. Quiero llegar a la segunda cita – sin problemas – Mis amigos me preguntan por qué no salgo con nadie hace mucho tiempo y sólo tengo una respuesta: no sé. Pero si lo sé, y en estas líneas me estoy auto aclarando. Me estoy confesando ante la vida (nuevamente esa palabra). No me estoy guardando nada.

¿Tengo que buscar el amor? ¡No jodas!, eso sí que no. Si llega, bien, si no, bien también. Felizmente tengo otras cosas que hacer. Ir de aquí para allá ocupa mi mente por algunas horas, uno que otro día. Eso es un alivio, porque ir a buscarlo… no gracias. ¿Que el amor venga hacia mí? ¡Sí claro, cómo no! Si ése es el caso, mañana mismo me voy de compras: una sofá creo que sería lo ideal para esperarlo sentado.
Ni uno ni el otro, entonces qué hacer. No sé, mejor me rindo y mando todo a la mierda. Eso sería lo más cobarde, pero no deja de ser fácil. ¡Un momento!, ¿no será todo esto una exageración?, tal vez. Yo no lo siento así, para nada. Estoy preocupado y por momentos me entra el pánico.
Las mujeres no me son esquivas pero yo no quiero sólo eso. Yo quiero algo serio. Algo que me complemente.

No está bien comparar con años anteriores, y esa frase: todo tiempo pasado fue mejor, es una completa mentira. Yo no la comparto, para nada. No hay nada más excitante que vivir el día a día. Bueno, creo que eso hoy me cae a pelo. No estoy en condiciones de recordar los años mozos (sonrisa sarcástica).
Mi comportamiento con las mujeres yo lo podría resumir en cuatro palabras: no sé qué hacer. O tal vez, qué no hacer. No me he puesto a pensar que de repente hago mucho en una sola cita. ¿Será ese el problema? Siempre me quedaré con la duda, a menos que invite a mi mismo a salir y a conversar por ahí. Suena interesante en estos momentos de sequía.

No llueve ni por aquí ni por allá. ¡Qué joda! Pero ya llegarán tiempos mejores. Tiempos en los cuales mi manera de ser cambie por completo. Claro, en el trato con las mujeres, en querer una segunda salida sin antes irme corriendo y obviamente llegar a mi casa y poner a cargar mi celular. Que ése día salga la luna e irme corriendo al señor de la esquina a decirle: señor por favor, arregle mi brújula.

Mi comportamiento con las mujeres (parte 1)

No hace falta contarlo narrativamente para que se den cuenta que tengo un serio problema con las mujeres. ¿Estoy acaso en etapa de sequía?

No lo creo. A ver, Hace dos años aproximadamente fue la ruptura general con mi última enamorada. Desde ahí, no he vuelto a tener una (está claro que siempre he buscado una relación seria y duradera – de pende de cómo se vayan dando las cosas-) y eso no es que me preocupe, sino, el hecho de haberlo intentando de nuevo. Y haber fracasado. Peor aún, justo ahora, no se me pasa ninguna chica por la cabeza. Por si acaso tengo veinte años. He ahí lo extraño.

Generalmente mis problemas con las mujeres se han basado en el inicio. Ya está bien, también en el final. No saber cómo iniciar una nueva relación muy distinta a las anteriores. No saber interpretar los diferentes códigos que tienen las féminas. ¿Falta de experiencia, tal vez?, puede ser. También interviene con exceso protagonismo mi carácter: un poco extrovertido al iniciar una conversación, tímido y parco.

Esto, claro está, es sólo al principio. Con las horas, brota automáticamente todo el perfil cómico que me tocó en ésta vida. Creo, y muchos también, que el sentido del humor es vital en todo aspecto. Éste no es la excepción. Se acaba cualquier cita, y me quedo con un sin sazón, que particularmente no me gusta, no me llena y hasta me fastidia. Tanto, que no hay una segunda cita. No es que la chica no llene las expectativas, si no que soy yo. Yo y mis complicaciones en éste rubro.¡Maldición!

Otro aspecto a mi favor – creo yo – es el sentido de ver la vida. Creo que la palabra vida es demasiado exagerado – Es decir, mi punto de vista maduro (en lo posible) de las cosas que me cuentan o relatan. – en la primera cita, claro –Varias veces he escuchado la misma frase: yo no creía que pensabas así. Pues ni yo. Sin verso ni esfuerzo salen todos esos pensamientos. Interesantes o no, no dejan de ser pensamientos. Pero no, de nuevo esa sin sazón. Esa puta brujería que me atormenta y no me deja estar tranquilo post primera salida.

Pero ya… qué puedo hacer. Entiendo que es cuestión de tiempo, nada más. Tampoco estoy desesperado buscando una novia por todos lados. Claro que no. Simplemente quería contarles este grave trastorno amoroso que me ocurre. Este problema con las mujeres (parte1).

No existe la palabra fin

Esta historia que ahora empiezo, no la puedo resumir en estas palabras. Es más, ni haré el intento. Simplemente resumiré de manera sentimental, todos los momentos increíbles que pasé, paso y pasaré a lo largo de mi vida.

Siendo exactamente las dos y diez de la mañana, me encuentro postrado en mi cama, con unas ganas infinitas de decirles qué pasa por aquí, mi mente. Me animaría a decir que estas líneas sí ameritan el famoso… y había una vez, les aseguro que sí. Esto no es un cuento, es más que eso. Es mi corazón agarrando la lanza de la afectividad. Es el hecho de pararme y decir: Ahora. Ahora es el momento para hacerlo. Estas palabras son 6 años de una duradera y fiel conjunción.

Comienza así. Yo apenas cumplía los catorce años de edad, cuando María (mi madre), me avisó – con síntomas claros de una orden – que me cambiaba de colegio. Pensé que se me caía el mundo. ¿Yo un alumno nuevo?, ¡no jodas! , no hay forma. Para esto, yo había estudiado desde el primer grado de primaria en un colegio que está ubicado muy cerca de mi casa (a veces paso por ahí y recuerdo inmediatamente todo lo que pasé). Tenía amigos, una chica que me gustaba desde muy niño, etc. El colegio era de mi agrado y confianza. Cómo no, si prácticamente ahí crecí.

¡Lástima!, la decisión ya estaba tomada y yo con mis catorce recién cumplidos no podía hacer mucho. En realidad nada. Apenas podía con los estudios de ése colegio, y a mis padres se les ocurre cambiarme a uno “más difícil” (permítanme sonreír sarcásticamente). Definitivamente no sé que voy a hacer – dije en mi mente - , sólo me queda resignarme. No entendía que era por mi bien. No comprendía que si me quedaba ahí, tal vez hoy no estaría haciendo esto.

Suena mi despertador y lo veo de reojo. Un cuarto para las ocho. ¡Carajo, otra vez tarde!, ésta vez no me la perdonan. De hecho que el profesor me va a cerrar la puerta y la cago de nuevo. Mañana se lo dirán a mis padres y ellos me castigarán – en esos años los castigos no duraban más de un fin de semana. Ahora, ¿qué es un castigo? - , todo esto me pasa por tardón. .. un momento, fue es el momento en el que abrí mi otro ojo (el derecho para ser más preciso), y reaccioné. ¡Hoy es el último día. Mi último día! (inmediatamente reposé con violencia mi rostro sobre a almohada). Obviamente llegué tarde, pero sin el interés de un post castigo. Qué importa, total, me voy de aquí – les juro que la pena me carcomía –

Ese día hice lo que quise. En todo caso, lo que la edad me permitía - nuevamente brota mi sonrisa, ésta vez pícara – rayé los baños, destruí mis cuadernos y esas cosas típicas que un alumno de segundo año hace. ¡Qué maldad la mía! Por último, la despedida. Todos se despiden, pero saben que regresarán. Yo no, yo me quedaba afuera de ese grupo. Me iba para no volver más. Claro, se lo comenté a mis amigos más cercanos (felizmente hasta ahora los veo).

Me imagino que aquella premisa apenó a mis compañeros, si no, ¡qué hijos de puta! Yo sé que sí. No hay problemas.
Finalmente llegaron las vacaciones de verano. No los vi mucho. Prácticamente yo acostumbraba a jugar fútbol todo el verano, pero con otros amigos. Los amigos del barrio. Distintos a los del cole. De esa manera, llegó febrero y con él, mi – hasta ese entonces – maldita matrícula para el otro colegio. ¡Qué fastidio!, encima tengo que ir con Andrés (mi papá) a llenar unos tontos papeles. Bah, de nada sirven. De nada sirven ahora. Sólo quiero saber si el próximo año me irá tan bien como en años pasados.

Claro, hablaba amicalmente. Las matemáticas me odian tanto como yo a ellas. Por eso escribo. Mi eterno pretexto de por qué estudio periodismo. Bueno, sigamos. Pasaron los días finales de las largas vacaciones – para qué ah, las sentí así – y el vergonzoso primer día.

Nuevamente suena mi despertador. Ésta vez muy, que digo muy, extremadamente temprano. El desayuno ya estaba listo y mi mamá alistaba el dinero de mis pasajes… ¿Pasajes?, ¿para ir al colegio?, (qué miedo carajo) ya que yo siempre estudié a la espalda de mi casa. Llegaba en cinco minutos y el portero era mi amigo, así que pasaba nomás. En realidad lo único que siempre me vaciló de ese nuevo colegio fue que no había uniforme, Aj, odiaba el uniforme de mi anterior colegio tanto como el parte estúpido ante tanta falta de conducta.

Salgo de mi casa y me voy en taxi. Era el primer día, no podía arriesgar. Llegué demasiado rápido, justo ese día no había tráfico, aparte que el taxi va mucho más rápido. Entro al colegio nuevo y veo a muchas personas. Ahí es dónde te sientes diferente. Llegué a sentir que todos me miraban. ¡Qué pánico! , y vergüenza a la vez.

Le pregunté a la chica dónde quedaba el salón de tercer año, específicamente el tercero “b”. Entre, todos me miraron, para variar. Lo hice con cautela, simplemente a la defensiva. Me senté y callado esperé que tocaran el timbre para la bendita formación de todos los lunes – que al final, aprendí a querer porque era un relajo mental. ¡Qué cague de risa carajo! Para mi mala suerte, subimos muy rápido al salón. Y en u abrir y cerrar de ojos. Recreo.
Ese tercer año, el primero en el cole, fue para ponerme a la par. Apaciguar la ideología del colegio y sentar cabeza. Al final, no logré ningún objetivo. Qué raro. Llegó el cuarto año, mi año. Digo esto porque conocí al primero de mis dos grandes amigos, Rodrigo.

Subía a esa línea de microbús que van todo Javier Prado, y ahí estaba él, a pesar de que era del otro salón, nuestra conversación brotó naturalmente, al extremo de que ese día me invitó a su casa para hacer unos paneles estúpidos que nunca terminamos. Ahí nació la amistad que hasta el día de hoy guardamos. Es más, hace unas horas he estado hablando con él y obviamente es el cincuenta por ciento de mi inspiración.
Este infeliz (con cariño claro), es la persona que más me hace reír.

En realidad el otro cincuenta por ciento también. Lógico, que de diferentes modos. Bueno, Rodrigo, es esa persona que ya no se encuentran. Un inmenso corazón y una boca más grande que su cuerpo creo. El amigo ideal, aquél que te escucha cuando en verdad lo necesitas. Recuerdo una vez cuando estaba en lágrimas por una discusión con mi papá. Tonta para variar. Y felizmente estaba él. Lloré de cólera, pero el secó mis lágrimas. Fue paciente y buen consejero. Típico en él. En ese momento, sentí a Rodrigo diferente. Yo lo sentí diferente, o sea, el afecto de mí hacia él cambió de una manera ilógica. Evolucionó para que lo entiendan.

Y así pues. Hemos compartido lágrimas. Muchas risas, hasta por gusto. En el salón del colegio. En la calle, en su casa, en la mía. Hemos bebido hasta emborracharnos, hemos llorado el último día del colegio. Bueno. Él hizo el intento. (Risas). En resumen definitivo, Ax, es todo un personaje y pregúntenle a quien ustedes quieran. Todos te van a decir lo mismo y lo van a describir de la misma manera. Yo por varios peldaños encima de resto.

Ahora viene el otro cincuenta por ciento. El más baboso, el alto ondulado, sí, ese. Ese que lo conocí de una manera muy peculiar - Conocí entiéndase como entablar una amistad y cosas por el estilo - . A la salida del colegio, Rodrigo me dice para ir a jugar a mi casa unas partidas de play station. Obviamente yo acepté y nos encaminamos para el paradero, y así, tomar la línea 19c, que nos deja muy cerca de mi casa. Subimos, y con nosotros, Renato. ¡Qué raro! – dijimos ambos -. Sabíamos que él vivía en el sentido contrario pero bueno, tendrá que ir a otro lado.

Felizmente no, se acercó sin ninguna vergüenza alguna – créanme, muy raro en el (no estoy siendo sarcástico) – y nos dice que a dónde vamos. A mi casa respondo. Se calla unos segundos y me indica que él iba a Plaza San Miguel. Chévere, le decimos. Para su mala suerte, llegamos rápidamente a ese lugar, e inclinamos la mano con ánimos de despedirnos. Pero no, no respondió el gesto y nos indicó que iba más allá. Dónde específicamente le pregunto yo. Responde con claro bacilo: para allá, no me acuerdo como se llama.

Bueno, que raro. Total, no tiene nada de malo. Nos para un semáforo y con él, un poco los minutos. Tiempo suficiente para aclarar el destino de Renato (hasta ése momento, incierto). Nos indica que se rumbo a la casa de una amiga, muy cerca de la mía, e inmediatamente salieron las preguntas. Éstas fueron como cuchillos de faquir, cada una más fuerte que la otra. No sabia que responder . Rodrigo y yo decimos a la par: tabacalera baja. Lo hacemos, y vemos a Renato parado a nuestro costado. ¡Renato, qué haces aquí!, le digo. Me voy a la casa de un amigo, responde. Y nuevamente el carnaval de preguntas. Mismo interrogatorio del F.B.I, Renato sentado en una silla a poca luz.

No le quedó otra que aceptar que quería venir a jugar con nosotros play station, y tras esa respuesta nuestras carcajadas estaban a la orden del día. Si me preguntan como conocí a Renato, fue así. Créanme.
Hoy nos une una gran amistad y confianza. Nos contamos todo, y sabemos que el uno no le fallará al otro. Por nada. Ni por nadie. Lo mismo pasa con Rodrigo. Son el cien por ciento de mi afecto amical. Claro, obvio, tengo otros grandes amigos. Pero si la gente me pregunta por la palabra amistad, inmediatamente brotan esos dos nombres.

Tan titulares en mi lista de amigos como Messi y Kaka’, cada uno en su respectivo club. Así de importantes son ellos en mi vida. No tengo vergüenza de decirlo. Lo siento, y eso es motivación suficiente para no dejar de callarlo. Realmente, los amo amigos. Tal vez estaría un poco perdido ante su ausencia, por eso les pido por favor, nunca dejar de ser lo que somos – aunque de diferentes madres – hermanos.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

No seas tonta


El hombre se distingue de todas las demás criaturas por la facultad de reír - Joseph Addison - Pues sí. Aprovecha esa facultad.
No seas tonta y no pierdas el tiempo. Aquel que cuando sea pasado, desearás con todas tus fuerzas.
Anímate, ríe y nunca dejes de hacerlo.

Sé que suena bonito, y más que eso, fácil. Pero no es tan complicado. No te lo digo por experiencia, porque a mí me agarra cada depresión - que cuando acaban, ni sé por qué las sentí. Pero bueno -.
La idea niña, es que cada día de los que te quedan, no los vivas al cien por ciento, porque es imposible, pero sí, disfruta las cosas que hagas. Siéntete a gusto con lo que realizas o dejas de realizar. Si en algún momento te deprimes, tómate unas pastillas bien agradables ¡fíjate!, son baratas y yo las regalo por toneladas, kilos o si quieres tu pones el peso. Pastillas muy peculiares ¡para qué!, que a la hora de alargase por un buen estado de ánimo, se convierten en sonrisas. Te las recomiendo. Son lo mejor.

Ahora, si de pastillas hablamos, por qué no de inyecciones. Dosis más letales pero efectivas. Esas si no te las puedo vender por unidad. Vienen en pareja como fieles enamorados. Éstas, son la mejor cura para cualquier depresión. Te lo digo por experiencia - ésta vez sí - Dosis infalibles que no te las puedo regalar. Porque para dártelas tengo que conocerte. Aunque pensándolo, te conozco muy bien, así que, tómalas con mucha confianza. Se llaman risas. Aliadas perfectas del buen ánimo y primas hermanas del buen humor. Amiga íntima de cualquier buena conversación. Y eso tú lo sabes muy bien.

Ahora que la tienda está abierta, y con atención extra. Date cuenta que reír o sonreír, son la mejor medicina para cualquier mal que te acose. Así éste venga en un síndrome llamado amor. En ese caso, sólo no juega el corazón, sino la mente. Si de éso se trata, muy poco puedo hacer y con mucha pena te tengo que decir, niña, que tendrás que acudir a otro doctor imaginario. Uno que use más la mente y no el corazón.

No te preocupes, que de esos, abundan. No hará falta buscar intensamente como lo hiciste conmigo. Aunque pensándolo bien. No me buscaste, yo te encontré. !Qué suerte la mía!, pero bueno... ese no es el tema.

No pretendo ser tu doctor constante, es más, no lo pretendo ser. Para nada, pero en éste caso, me nació decirte algunas palabras que sin decírtelas, lo hago.
No seas tonta y ésta vez hazme caso, sólo por ésta vez. Tómatelas o inyéctate una pequeña dosis. Creo que con el tiempo, se te harán cosa de todos los días. Te aseguro que esa bacteria llamada depresión y ese no sé qué, llamado desamor, no te afectarán de aquí en adelante.

Ahora, también estoy seguro de que pasando un día completo, no te acordarás de ésto. No te culpo, que yo luego de un día completo, volveré a mis líneas iniciales y caeré en una muda depresión. Y si te preguntas por qué no tomo mis propias pastillas o me inyecto mis propias dosis. No seas tonta, es porque simplemente las guardo para ti. Algún día las necesitarás.

martes, 3 de noviembre de 2009

Sin culpables

Camino por la sala. Doblo hacia mi cuarto, y lo veo completamente desordenado. En ese instante, me llaman al celular. ¡Lastima!. Número equivocado. No es que me moleste aquel error que la gente suele cometer, sino que me hace entrar en razón: Tuve un mal día y aquella persona recibió todo la mala vibra que yo tenía.
No tuve porque reaccionar así. Lo acepto. Llamarlo de nuevo para disculparme creo que es la mejor salida. Pero no, total, ya pasó y ni lo conozco. Creo que ya no tiene mucho sentido. La comunicación fue corta y casi no entendí lo que aquel chico me dijo.

Rumbo al instituto, me espera el viernes. ¡Qué rico! Tengo que admitir que mis fines de semana a veces se pasan de vueltas. El alcohol, tal vez, típico de mi juventud, complementa de manera perfecta los días finales de la semana. Sólo quiero salir de aquí e irme a mi casa. Ponerme algo ligero, y encerarme en mi cuarto a ver algún resumen deportivo. Pero no, no fue así.
Me llaman para algunos asuntos laborales y el maldito viernes se prolonga aún más. ¡Maldición! No me queda de otra. Sólo que el hecho de llegar agotado a mi casa ya me quita cualquier gana de salir a distraerme.

- No, eso no importa, me dicen con ánimos de hacerla hoy día. Ni bien acabes con tus cosas, nos llamas y nos encontramos por tu casa.
- ¡Ya perfecto! – ésta noche pinta, dije en mi mente-.

Llego a mi casa, por fin. Almuerzo sólo. Lastima que es así, y rápidamente entro al baño para bañarme y con la misma salir de aquí. A pocos minutos del desalojo, busco mis últimas cosas que para variar, no las encuentro.
¡Carajo, En este cuarto no se puede encontrar ni la puerta!
Suena mi teléfono y me encargan ir a la casa de una tía. Me niego. Ya nada podía salir peor. Qué día para más nefasto.
Definitivamente no fui, a pesar de los reclamos de mi padre. (Total, por un día que no vea a mi tía, no se cae el mundo). Encuentro mis cosas entre la ropa tirada y la suciedad. Listo. Por fin viernes.

Llamo a mis amigos como quedamos. Luego de dos horas, ya estábamos en la casa de uno de ellos con tres amigas. (Creo que la palabra “amigas” les queda grande. No las conocía). Nuevamente suena mi teléfono, que para ese momento, era mi maldito teléfono.

- Ya estoy llegando. Dame cinco minutos y estoy allá – me dijo ante tanta insistencia de mi otro amigo para que por fin éste venga –
- ¡Ya!, apúrate que sólo faltas tú.

Llegó el desgraciado. ¿Se nota el mal día no?, bueno, compramos un trago - como para no perder la costumbre-. Como les dije. El alcohol era cosa infaltable en todo fin de semana. Pasaron las horas y con ellas mi dolor de cabeza. La ronda de chistes, que para colmo, eran los mismos de todos los viernes, amenizaban la reunión que hasta ese entonces se tornaba tranquila. Vamos bien.

Creo que exageré nuevamente. La palabra “bien” creo que queda grande. Uno ya estaba tirado en el sofá. Otro, no sé ni dónde estaba. Bueno, que más da. Es su casa y tiene derecho a hacer lo que le venga en gana. Y yo, acompañado de las dos chicas que quedaban. ¡Ah, ya me acordé dónde estaba metido el que falta!
Ellas me hablaban no sé de qué. Creo que de estudios. Sí, ya me acordé. Me contaban lo que pensaban estudiar. Justo en ese momento mi cabeza andaba por otro lado.

-Sí claro, respondí.
-¿Dónde estas ah?, me dijo. Con síntomas de haberse resentido.
- Disculpa, ¿qué me decías?


La “entretenida” conversación se tornó un poco más interesante cuando hablamos de lo que a mi me interesaba. ¡Todo yo!, gran defecto. Los planes del día siguiente, eso me interesaba. En todo caso, salir nuevamente con ellas no estaría mal. No me cayeron mal, es más, qué paciencia la de estas chicas. Si yo fuera mujer, me hubiera largado hace rato. Hablabamos también de la diferencia entre los chicos y las chicas. La noche se ponía entretenida, y suena el maldito aparato.

- ¿Qué pasa mamá?, añadí con el tono de voz muy alto.
- Tu tía..
- Qué hablas mamá. ¿Qué le pasó a mi tía?... ¿está bien?
- Te digo que está aquí, en el hospital (las lágrimas no se ven por el teléfono, pero se escuchan. Yo hice más que eso. Las sentí). Tu primo te llamó hace un par de horas desesperado, y tú por largarte respondes cualquier cosa. Encima, de mala manera. ¡te parece justo!
- (Ni una sola palabra). Yo… yo no sabía que era mi primo. Pensé que era un número equivocado.
- Sí, sí. Crees sólo lo que te conviene.
- Mamá, ¿acaso es mi culpa que mi tía esté así? (en ese momento pedí que bajen el volumen de la música).
- No, para nada hijo, solo que no puedo creerlo (más lágrimas). Estaba tan bien en la mañana. Tu primo te llamó para que lo ayudes. Tu tía tenía salvación.
- ¿Qué?, ¿tenía?...
- Tu tía murió.