martes, 3 de noviembre de 2009

Sin culpables

Camino por la sala. Doblo hacia mi cuarto, y lo veo completamente desordenado. En ese instante, me llaman al celular. ¡Lastima!. Número equivocado. No es que me moleste aquel error que la gente suele cometer, sino que me hace entrar en razón: Tuve un mal día y aquella persona recibió todo la mala vibra que yo tenía.
No tuve porque reaccionar así. Lo acepto. Llamarlo de nuevo para disculparme creo que es la mejor salida. Pero no, total, ya pasó y ni lo conozco. Creo que ya no tiene mucho sentido. La comunicación fue corta y casi no entendí lo que aquel chico me dijo.

Rumbo al instituto, me espera el viernes. ¡Qué rico! Tengo que admitir que mis fines de semana a veces se pasan de vueltas. El alcohol, tal vez, típico de mi juventud, complementa de manera perfecta los días finales de la semana. Sólo quiero salir de aquí e irme a mi casa. Ponerme algo ligero, y encerarme en mi cuarto a ver algún resumen deportivo. Pero no, no fue así.
Me llaman para algunos asuntos laborales y el maldito viernes se prolonga aún más. ¡Maldición! No me queda de otra. Sólo que el hecho de llegar agotado a mi casa ya me quita cualquier gana de salir a distraerme.

- No, eso no importa, me dicen con ánimos de hacerla hoy día. Ni bien acabes con tus cosas, nos llamas y nos encontramos por tu casa.
- ¡Ya perfecto! – ésta noche pinta, dije en mi mente-.

Llego a mi casa, por fin. Almuerzo sólo. Lastima que es así, y rápidamente entro al baño para bañarme y con la misma salir de aquí. A pocos minutos del desalojo, busco mis últimas cosas que para variar, no las encuentro.
¡Carajo, En este cuarto no se puede encontrar ni la puerta!
Suena mi teléfono y me encargan ir a la casa de una tía. Me niego. Ya nada podía salir peor. Qué día para más nefasto.
Definitivamente no fui, a pesar de los reclamos de mi padre. (Total, por un día que no vea a mi tía, no se cae el mundo). Encuentro mis cosas entre la ropa tirada y la suciedad. Listo. Por fin viernes.

Llamo a mis amigos como quedamos. Luego de dos horas, ya estábamos en la casa de uno de ellos con tres amigas. (Creo que la palabra “amigas” les queda grande. No las conocía). Nuevamente suena mi teléfono, que para ese momento, era mi maldito teléfono.

- Ya estoy llegando. Dame cinco minutos y estoy allá – me dijo ante tanta insistencia de mi otro amigo para que por fin éste venga –
- ¡Ya!, apúrate que sólo faltas tú.

Llegó el desgraciado. ¿Se nota el mal día no?, bueno, compramos un trago - como para no perder la costumbre-. Como les dije. El alcohol era cosa infaltable en todo fin de semana. Pasaron las horas y con ellas mi dolor de cabeza. La ronda de chistes, que para colmo, eran los mismos de todos los viernes, amenizaban la reunión que hasta ese entonces se tornaba tranquila. Vamos bien.

Creo que exageré nuevamente. La palabra “bien” creo que queda grande. Uno ya estaba tirado en el sofá. Otro, no sé ni dónde estaba. Bueno, que más da. Es su casa y tiene derecho a hacer lo que le venga en gana. Y yo, acompañado de las dos chicas que quedaban. ¡Ah, ya me acordé dónde estaba metido el que falta!
Ellas me hablaban no sé de qué. Creo que de estudios. Sí, ya me acordé. Me contaban lo que pensaban estudiar. Justo en ese momento mi cabeza andaba por otro lado.

-Sí claro, respondí.
-¿Dónde estas ah?, me dijo. Con síntomas de haberse resentido.
- Disculpa, ¿qué me decías?


La “entretenida” conversación se tornó un poco más interesante cuando hablamos de lo que a mi me interesaba. ¡Todo yo!, gran defecto. Los planes del día siguiente, eso me interesaba. En todo caso, salir nuevamente con ellas no estaría mal. No me cayeron mal, es más, qué paciencia la de estas chicas. Si yo fuera mujer, me hubiera largado hace rato. Hablabamos también de la diferencia entre los chicos y las chicas. La noche se ponía entretenida, y suena el maldito aparato.

- ¿Qué pasa mamá?, añadí con el tono de voz muy alto.
- Tu tía..
- Qué hablas mamá. ¿Qué le pasó a mi tía?... ¿está bien?
- Te digo que está aquí, en el hospital (las lágrimas no se ven por el teléfono, pero se escuchan. Yo hice más que eso. Las sentí). Tu primo te llamó hace un par de horas desesperado, y tú por largarte respondes cualquier cosa. Encima, de mala manera. ¡te parece justo!
- (Ni una sola palabra). Yo… yo no sabía que era mi primo. Pensé que era un número equivocado.
- Sí, sí. Crees sólo lo que te conviene.
- Mamá, ¿acaso es mi culpa que mi tía esté así? (en ese momento pedí que bajen el volumen de la música).
- No, para nada hijo, solo que no puedo creerlo (más lágrimas). Estaba tan bien en la mañana. Tu primo te llamó para que lo ayudes. Tu tía tenía salvación.
- ¿Qué?, ¿tenía?...
- Tu tía murió.

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